Una de mis debilidades gastronómicas típicas de Cantabria, aunque no es la única, es el sobao pasiego. Producto de repostería típico de la tierruca.

Este es uno de esos “bizcochos” que tienen un algo especial. Mezcla el delicioso sabor con los maravillosos recuerdos de infancia. No recuerdo bien cuando me comí mi primer sobao, pero sí recuerdo que fue en casa de mi abuela, donde los sueños y deseos de los nietos siempre se hacen realidad. Uno de los deliciosos desayunos que compartíamos era el Colacao con un sobao pasiego al que a veces le añadíamos chocolate o mermelada… un pastel ideal.

Pasaron los años y la primera mañana que desperté en Santander mi café con leche iba acompañado de un sobao pasiego (ocho veces más grande que el que me comía yo cuando era pequeña) y me invadió el recuerdo de mi feliz infancia en casa de mi abu… si ella estuviera conmigo, pensé, seguro que disfrutaría de este desayuno tan especial.

¿Por qué es tan rico este bizcocho de los Valles Pasiegos?

Se desconoce el origen del sobao, aunque muy probablemente es fruto de las mezclas espontáneas que se realizaban con lo que había en la despensa, en este caso, los productos básicos de harina y mantequilla.

El azúcar era escaso y un bien de lujo antes del siglo XIX, por lo que, muy probablemente se añadiría a la receta a partir de esta fecha. El contacto con otras culturas a lo largo del tiempo, las relaciones comerciales que se abrían paso aportarían nuevos ingredientes que hoy día son de uso común.

El sobao se elaboraba con masa de pan pasiego que tenía una técnica especial de cocción, azúcar blanco y mantequilla, a lo que se podía añadir huevos, cáscara rallada de limón, y anís o ron. Cada sobao se cocía sobre un “gorritu” doblado de forma especial. El nombre de sobao se refiere a sobar la masa de pan sobrante. En el sobao moderno, en vez de masa de pan se usa la harina de trigo sin adición de agua.

 

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